Combatir la pobreza: ¿vamos río arriba?

Canoa, Rio Magdalena, Neiva (Huila)

Hace muchos años, en una comunidad a la orilla de un río, vieron a una persona que se ahogaba y fueron a auxiliarla. Mientras la reanimaban vieron una segunda persona que se ahogaba y, de repente, muchas más. El río no dejaba de traer gente que se ahogaba. Se organizaron para hacer turnos y se especializaron por equipos: unos les sacaban del agua, otros los reanimaban, otros los secaban… Pero cada día se ahogaba más gente y no daban abasto. Hasta que un día uno de los equipos se preguntó: “Pero, ¿por qué cae al río tanta gente?”. “¡Hay gente en peligro y no es el momento de hacerse preguntas!”, les dijeron. A pesar de ello, el equipo se rebeló, dejó el trabajo entre acusaciones de insolidaridad y marchó río arriba a buscar la razón que provocaba la situación. Y descubrieron que se había roto el único puente de la zona. Antes de encontrar soluciones, se hicieron preguntas como: ¿por qué se ha roto el puente?, ¿quién es el responsable?, ¿quién y cómo había que arreglarlo?

Historias como ésta se utilizan en los cursos para voluntariado en muchas ONG. Pero después de ver algunas de las propuestas que se están haciendo últimamente para combatir la pobreza parece que serían más necesarias en los despachos de algunos políticos, de algunos tertulianos o en algunas sobremesas de verano. Quienes nos dedicamos hace años a lidiar con la pobreza, estamos muy preocupados porque estamos dando muchos pasos atrás en el tratamiento de este tema.

La realidad nos está diciendo que cada día se ahoga más gente. Y podemos dar muchas vueltas a los conceptos y a los datos, pero mientras, va cayendo más gente al río. La realidad de empobrecimiento acelerado es evidente y las entidades ya hemos advertido bastantes veces de la gravedad de la situación. Y pareciera que casi la única respuesta que tenemos es la recogida de alimentos.

El obispo brasileño Hélder Câmara lo explicaba hace años de una manera clarividente: “Si doy comida a los pobres me llaman santo, pero si pregunto por qué son pobres, me llaman comunista”. Mientras damos comida nos sentimos muy bien, y los medios y los responsables políticos alaban nuestras iniciativas solidarias. Es fácil: compromete muy poco y da buenos réditos de imagen. Así, multiplicamos los puntos de recogida de alimentos y el voluntariado del Banco de Alimentos o de Cáritas, y tenemos que estar orgullosos de ello. Pero esto se llama asistencialismo. Y no es malo per se, pero es insuficiente, si es la única respuesta. Este es uno de los grandes aprendizajes de los 50 o 60 años que hace que las ONGD trabajamos en países pobres. Y no es ninguna crítica a las instituciones que se dedican a ello, que, además de imprescindibles, son las primeras conscientes de los límites de este tipo de abordaje del problema.

«Si doy comida a los pobres me llaman santo, pero si pregunto por qué son pobres, me llaman comunista.»

Hélder Câmara, obispo brasileño.

Aunque afortunadamente España está muy lejos de ser como Sudán del Sur, Haití o Burkina Faso, vemos con asombro e indignación cómo las respuestas de nuestros políticos cada vez se parecen más a las que solíamos criticar de aquellos países: balones fuera y ayudas limitadas entendidas como limosnas y no como derechos. Y maratones y loterías más propias de la beneficencia de otros siglos. Como si todo el trabajo hecho antes para erradicar la pobreza, y todo el conocimiento acumulado, aquí y en todas partes, hubiera sido un pasatiempo de nuevos ricos.

Y un segundo aprendizaje: los equipos se agotan después de un periodo especialmente si tienen la sensación de que no están consiguiendo nada, sobre todo después de reanimar la misma gente tres y cuatro veces. Y, en vez de cambiar de estrategia, abandonamos. En el mundo de la cooperación lo llamamos “la fatiga de la ayuda”.

Volvamos ahora a Hélder Câmara y vamos al porqué. La respuesta no es tan clara ni inmediata como en la historieta que hemos explicado al principio del artículo. Esta segunda parte no cuenta con tantas complicidades, y los gobiernos se sienten señalados. Aquí entramos en el terreno de los riesgos, pero también de las soluciones reales. Como en la buena medicina, debemos atajar las causas, y no sólo los síntomas.

La clave para combatir la pobreza radica en combatir las desigualdades. Critiquemos el empobrecimiento creciente de la sociedad. Pero no nos quedamos aquí. Necesitamos un poco más de valentía y decisión individual, colectiva y política. Podemos practicar una solidaridad inteligente, con visión global y proyección de futuro. Ir más allá de la autocomplacencia del asistencialismo y apoyar a todos aquellos que ya han ido río arriba. Exigir a quienes llevan el timón que se atrevan a plantearlo todo. Enfrentar la pobreza requiere más valentía que enfrentar los peores enemigos. Por suerte, en la lucha contra la pobreza no partimos de cero. Conocemos entidades, gente y países que lo hacen y lo hacen bien. Por cada paquete de arroz que damos al banco de alimentos, hay que dar cinco euros o cinco tardes para arreglar puentes. Por cada noticia de galas benéficas que aparezca en los medios, hace falta que aparezcan cuatro sobre proyectos de aquellos que hacen crecer los derechos, las oportunidades y la dignidad.

El artículo original «Combatre la pobresa: ¿anem riu amunt?» se publicó en el Diari Ara el 24 de agosto de 2013 y la traducción la realizó el equipo de comunicación de la CONGDE. Adaptación propia con fines pedagógicos para eliminar las referencias a algunas propuestas concretas planteadas en Cataluña y generalizar la validez del artículo.

Imagen: Canoa, Rio Magdalena, Neiva (Huila) | Haceme un 14 (CC)

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